En una mágnifica entrevista-reportaje Carmen Méndez nos cuenta como Cataluña ha perdido a su nejor autor teatral de los últimos cuarenta años. Está harto de lo que él llama la “entronización del cateto nacionalista”. Albert Boadella se despide de Cataluña, cansado del “feudalismo regional”, con un ensayo feroz y sarcástico, como no podía ser menos en un digno heredero de Aristófanes.

Sonríe Boadella (Albert o Alberto, como les plazca), un ácrata conservador que presenta Adiós Cataluña en Cataluña, un ensayo en el que se despide de “la lucha contra una tribu encerrada en la endogamia y la paranoia”.
En esta pública despedida, Boadella dice adiós a Cataluña, a las instituciones, a la política, pero también a una ciudadanía que no ha estado a la altura de las circunstancias, según él. “Hay una responsabilidad en la sociedad civil catalana: la minoría por acción; quemar retratos, por ejemplo, es propio de la insensatez de la juventud, pero la mayoría por omisión”. Cree que muchos catalanes se han amparado “emocional y patrimonialmente en un territorio abonado por unos estafadores especializados en falsificaciones sentimentales, y no se han atrevido a decir no”.
Boadella no se muestra nada optimista sobre el futuro, con “un Gobierno central débil, que sólo ofrece premios a la natalidad, y un presidente catalán, José Montilla, que ha actuado con la ferocidad del converso”. ¿Podría ser el presidente Zapatero un personaje como el de su famoso Ubú president? “Él no aporta mucho –reflexiona–. Pero como todos los personajes que tienen cierta mediocridad puede llegar a ser muy perverso”.
¿Qué queda? El exilio o el autoexilio dentro del territorio. Boadella pasa muchas temporadas en el sur de Francia, y mantiene su masía del siglo XVI en el Bajo Ampurdán. Allí está cuando trabaja con Els Joglars. “Tengo una empresa como el que tiene una compañía de calcetines en Taiwán, pero no vende ni uno allí. En Cataluña he sido colocado en el apartado de muertos civiles”. Sostiene Boadella que el mundo de la cultura y el arte han caído peligrosamente en manos de las instituciones políticas. “Lo peor en la cultura es pagar un tributo de vasallaje. La mayor parte de los creadores prefiere la fantasía a la realidad”.
Y una de las realidades recientes ha sido la Feria de Fráncfort y la presencia de escritores catalanes que escriben en catalán. “Lo de Fráncfort ha sido un aquelarre provinciano. Han ido a mostrar que no tenemos nada que ver con España, que no bailamos flamenco ni pasadobles, en vez de hacer una demostración de buena literatura, que es lo que conviene, porque, por supuesto, el mayor rasgo diferencial de Cataluña es su bilingüismo”. Y afina más aún: “Ha sido un show para que unos cuantos mamones del establishment catalán hayan vivido durante un año de preparativos”.
Cuando tenía 12 años, Albert Boadella ganó en Francia el que hasta ahora era su único galardón literario, a pesar de que tiene numerosos premios teatrales, incluso taurinos. El chiquillo creció y juntó una ‘banda’ provocadora y divertida llamada Els Joglars, responsable de algunos de los montajes teatrales más ingeniosos de los últimos 40 años. A punto de ser juzgado por un Consejo de Guerra, protagonizó en 1977 una fuga tan sonada como la del Lute.
El amor y la guerra son los pilares de las páginas de Adiós Cataluña, donde quedan aprehendidos, con mucho sentido del humor, los jirones de su lucha “contra la tribu”. Aquí se repasa la ‘cosa pública’, el teatro, el arte, pero también “la lenta decepción, el descubrimiento del fraude y la mística represora del nacionalismo”. También es un libro de una ternura sorprendente, una historia de amor de 32 años con su mujer, la pintora Dolors Caminals.